Llamamos tics nerviosos a los movimientos, espasmos o sonidos que suelen ser repentinos, bruscos, cortos y repetitivos, que no se pueden controlar de manera voluntaria. Este trastorno del movimiento es más frecuente durante la infancia y llega a afectar hasta un 17% de los niños, siendo más relevante en los niños que en las niñas, especialmente en los más tímidos.

Los tics se manifiestan principalmente por tres factores: ambientales —por hechos traumáticos en el entorno familiar o escolar—, genéticos o relacionados con estados neurobiológicos. En algunos casos, los tics pueden tener relación con trastornos como el déficit de atención, la hiperactividad o el trastorno obsesivo-compulsivo.

Suelen presentarse varias veces al día, en brotes y con variaciones. Se manifiestan con mayor frecuencia e intensidad en situaciones de nerviosismo y estrés, como por ejemplo el comienzo del curso escolar o alguna actividad que resulta desconocida. Por el contrario, mejoran cuando el niño está tranquilo y relajado, o se siente en un ambiente de confianza.

Los tics motores suelen clasificarse en simples, que afectan a los ojos como son: el parpadeo, los guiños, la abertura exagerada de los mismos… Todos estos son muy frecuentes, pero también son bastante comunes: las sacudidas de cabeza, la realización de muecas nasales, el morderse o lamerse los labios, el movimiento de las extremidades… —La mayoría suelen ser transitorios y desparecer tras un periodo de tiempo—; y en complejos, por ejemplo: golpearse a sí mismo, saltar, pisotear… Estos suelen ser menos vistos o frecuentes.

Por otro lado, los tics vocales pueden ser simples: aclararse la garganta, gruñir, resoplar, sorber por la nariz…; y complejos: repetición de las propias palabras o de las que se escucha, emisión de palabras obscenas… En este último caso, es conveniente prestar atención a su duración por si estuviese relacionado con el desorden neurológico o síndrome  de Tourette.

Del mismo modo que un adulto, un niño con tics nerviosos suele sufrir por no poder controlar sus movimientos bruscos e involuntarios. Siente vergüenza y un efecto negativo de sí mismo: se infravalora y reduce su autoestima. En la mayoría de las ocasiones tiene dificultad para relacionarse con otros niños, e incluso sufre burlas que le conducen al aislamiento social. Por otro lado, puede provocar un déficit de atención, pues al intentar controlar su tic nervioso deja de concentrarse en lo que está aconteciendo en la clase. Todos estos efectos potencian la ansiedad del niño y hacen que los movimientos inconscientes cobren fuerza.

Un error muy común que debe evitarse es reñirle o corregirle a cada rato. No es la mejor forma de proceder para los padres y personas cercanas. La presión hace que los tics se intensifiquen.  Lo más acertado es tener paciencia, comprenderles y mantener la calma. Se ha comprobado que cuando no se les presta demasiada atención, la evolución es favorable y desaparecen en pocos meses. No obstante, es recomendable vigilarlos por si llegaran a convertirse en un problema mayor. Por ejemplo, si persisten más de un año, si se tienen tics motores y vocales a la vez, si provocan dolores de cabeza o dificultades para dormir, problemas en las relaciones sociales, etc. En estos casos lo mejor es tratarlo con un especialista para valorar el mejor tratamiento a seguir.