La adolescencia es una fase importante en el crecimiento individual, el periodo de transición entre la niñez y la edad adulta donde se termina de definir la verdadera identidad. Es en esta etapa donde los adolescentes encuentran cierta resonancia entre sus relaciones sociales y su contexto familiar, atribuyendo su malestar a este último por no ser capaces de gestionar sus emociones y relacionarse de una manera inteligente.

En ocasiones, los padres no quieren admitir que sus hijos dejan de ser niños, pero tampoco son adultos y no pueden ser tratados como tales, por eso la adolescencia resulta tan complicada de gestionar. En este sentido es donde reside la dificultad y el papel fundamental de la familia. Si esta es demasiado impositiva, es probable que el adolescente adopte un comportamiento rebelde.

Los adolescentes rebeldes suelen vivir en un ambiente familiar caracterizado por límites que absorben la capacidad de ser uno mismo. Hoy día se tiende a educar a los niños de manera que lo tengan todo de manera fácil, pensando que de esa forma son los mejores padres. Se crían en una burbuja de protección, haciéndoles creer que todo es maravilloso, sin permitir que experimenten y se equivoquen. Entonces llega la adolescencia y el proceso de independencia se ve frustrado por no haber aprendido nunca lo que son los fracasos. Se enfrentan al mundo exterior y comienzan sus primeras relaciones amistosas y amorosas sin saber controlarlas; teñidas de pasión, celos y rupturas que los llevan a la hostilidad y desacato en el hogar. En ocasiones, la falta de control de sus emociones conduce a esos trastornos de conductas y/o consumo de sustancias como las drogas.

Para los padres con problemas de convivencia con un hijo adolescente, es vital desvincularlo de su historia personal y lograr comprenderlo tal y como es. No se le puede agregar una mochila cargada de ansiedad y miedo que no le pertenece, sino dejarle vivir sus propias experiencias y que aprenda por sí mismo cómo adaptarse al exterior. Hay que evitar que las expectativas depositadas sobre lo que a los padres les gustaría que su hijo fuese en un futuro recaiga sobre su lomo y perjudique su desarrollo personal.

Otro aspecto muy común que los padres tienden a realizar es comparar a su hijo adolescente con otros que sacan mejores notas o que tienen expectativas futuras diferentes. Es relevante no poner etiquetas, apoyar y respetar sus propios deseos —a pesar de no estar de acuerdo— en aras de no menguar su autoestima. Si se equivoca, él mismo tendrá que asumir las consecuencias, tomar conciencia de los errores y madurar, pero es importante que, pese a todo, sienta el amparo y confianza de que sus padres están ahí.

Efectivamente, la realidad siempre resulta más compleja que lo que se escribe en cualquier manual sobre este tipo de temas, sobre todo cuando los padres no son capaces de gestionar sus propias emociones y desconocen las herramientas para tomar el control del asunto. La adolescencia es una etapa vital donde se va a definir muchos aspectos de identidad, y a la vez complicada; pero a pesar de ello el camino más difícil es quedarse de brazos cruzados, sin hacer nada. Como padres o educadores, es importante acompañar al adolescente de forma perspicaz, comprender que necesitan despegarse del nido y echar a volar; convertirse en seres independientes, capaces de establecer sus propias metas para llegar a ser unos adultos responsables.